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El Hospice Madre Teresa como comunidad católica al servicio del que sufre, está injertado en la pastoral de la salud. La asistencia al enfermo en su fase final es una de las actividades más importantes, pero también, estamos obligados, bajo deber de justicia, a trabajar para la humanización de la medicina. Estas actividades iluminadas desde la bioética y el evangelio tienen una fuerte acción evangelizadora en el mundo de la salud. Tenemos que conjugar el servicio al enfermo con la bioética, el evangelio y los sacramentos.

Desarrollar el Hospice desde la pastoral de la salud es cuidar a la persona que sufre como espíritu encarnado, teniendo presentes las dos dimensiones: la natural y la sobrenatural. Debemos esforzarnos por llevar adelante una praxis pastoral que integre las dos dimensiones y evitar que se produzca un desequilibrio entre la praxis profesional, el evangelio y los sacramentos. Todavía observamos que este desequilibrio es muy frecuente en el sistema de salud.

La actividad pastoral y educativa del Hospice, se realiza en diferentes ambientes sociales y comunidades, siempre manteniendo la coherencia interna de la praxis profesional con la praxis pastoral. Nuestra actividad pastoral principal se enfoca en el sistema de salud así como en la Iglesia.

En la Iglesia intentamos reavivar el carisma de cuidar a los enfermos terminales y transmitir la enseñanza del Magisterio sobre la intervención de los agentes de salud en el sistema social.

También a través de nuestra pastoral, llevamos nuestro mensaje de “solidaridad en el final de la vida“a otros ambientes. Una comunidad que siempre nos invita a mostrar nuestro trabajo solidario y nuestra responsabilidad social es la comunidad educativa. Por su parte, los medios de comunicación social también nos ayudan a difundir nuestro mensaje de amor hacia el prójimo en el final de la vida. Es el mismo mensaje de amor que llevamos a las diferentes comunidades, sin olvidar a Cristo, al evangelio pero sin renunciar a la ciencia.

El misterio del sufrimiento y de la muerte, nos sitúa frente a la persona que sufre de una manera especial. Por un lado, tenemos el privilegio de compartir una de las etapas de la vida más importantes para cualquier ser humano, como es el proceso del morir. Por otro lado, debemos ser muy respetuosos, pacientes y compasivos mientras permanecemos junto a la persona enferma y su familia. Por estas razones es importante que el voluntario del Hospice pueda desarrollar una sensibilidad y profundidad espiritual ante el tema del sufrimiento y de la muerte. Si somos voluntarios del Hospice no podemos ser indiferentes ante cuestiones existenciales en torno al final de la vida. Pero tampoco tenemos que tomar la posición de”maestros de la buena muerte o de la vida” como muchos pretenden ser. Estas dos actitudes: la “indiferencia” y el “sentirse maestros de la vida”, muestran signos de vanidad, de soberbia, de falta de humildad e insensatez que hacen que no se produzca un verdadero encuentro centrado en el amor al prójimo. Para poder crecer en sabiduría es muy importante la oración, la reflexión y la vida en los Sacramentos. Para poder ser una presencia amorosa junto al que sufre y lograr una buena empatía debemos “descalzarnos” frente al sufrimiento y el misterio del otro. La persona enferma, con toda su biografía de vida, sus aciertos y errores, es para nosotros “como terreno sagrado”, donde debemos quitarnos las sandalias de nuestros prejuicios, que están hechos a nuestra medida.

El corazón, el alma, el cuerpo del huésped son y serán para el voluntario del Hospice, lugar sagrado donde habita Dios.

El significado del descalzarse pone como imagen esa sensibilidad que adquirimos cuando entramos en contacto con la tierra. Nuestros pies sienten y nos hacen ir cautelosos para no lastimarnos. De ese mismo modo, cuando entramos en el lugar sagrado que es el corazón del que sufre, nuestros pies se convierten en ese sensor de amor. Y será esa sensibilidad la que nos dirá hasta dónde y hasta cuándo. En ese encuentro, descalzos, en la intimidad más sagrada del paciente nos encontramos con “el hombre” y con todo lo que la vida y la historia, hizo en él. Enfrentar el camino y descalzarse es ponerse en movimiento, entendiendo la importancia que significa caminar descalzos por la vida, encontrando corazones que acompañar sin dejar marcas sino huellas.

En el Hospice, la educación espiritual es uno de los pilares esenciales para el crecimiento del voluntario. Ayudar al voluntario para que desde la fe pueda ver a Cristo a través de la persona que sufre, no es una utopía, sino una realidad. Todos los voluntarios del Hospice tenemos que descubrir y vivir nuestra propia vocación y misión. No debemos separar la fe de la vida diaria. Esta es una de las actitudes más importantes que debemos desarrollar para vivir con coherencia el evangelio y la vida cristiana.

El Hospice Madre Teresa con todos sus integrantes debe ser un signo visible de la misericordia y del amor de Dios en el mundo del sufrimiento. Debemos ayudar a los huéspedes y a sus familiares a encontrar el sentido trascendente del sufrimiento en el misterio Pascual. La formación en el apostolado del Hospice no debe caracterizarse sólo por la destreza profesional, debe ser también una educación integral que le permita al voluntario crecer en el amor al prójimo, fruto del encuentro con Cristo.