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Hospice Madre Teresa, obra de Dios
“Jesús ha revolucionado el sentido de la muerte”. (Benedicto XVI).

Me pide mi amigo Cristian Viaggio que escriba una reflexión. Y lo hago, aunque tengo que reconocer que con un poco de vergüenza, porque lo mío más parece “de escritorio”, al lado de quienes se involucran de lleno, cara a cara, cercanamente, en el tema de los cuidados paliativos.

El Hospice se ha inspirado frente a Jesús Eucaristía, en una adoración, y se vuelca a la protección de la vida terminal de las personas, como una expresión genuina de amor a esas mismas personas y a su vida, porque surge del amor de Dios por cada persona y su vida.

Sabemos que la muerte es la puerta para la vida y que después de un breve peregrinar, porque siempre es breve, comienza lo eterno, lo definitivo. Y que hay que ayudar a morir desde el amor y la aceptación de la voluntad de Dios. No es un salto al vacío, al abismo o a la nada, sino el Encuentro con el amor infinito del Padre. Y Él quiere que seamos su rostro visible para estar cerca, ayudar a perdonar, a amar, a reconciliar, a morir en su gracia y amistad. Entonces sí la “hermana muerte”, bella expresión de san Francisco de Asís, nos abre las puertas de la vida.

Como dice el padre Jorge Loring: “No hay muerte más digna ni más dichosa que la recibida en estado de gracia y en paz con Dios (…) Morir dignamente es aceptar la muerte humana y cristianamente”.

“En los sacramentos, Jesús continúa tocándonos para sanarnos”. (Juan Pablo II).

Desde su cruz, desde su presencia eucarística, desde la reconciliación sacramental y la unción de los enfermos, Él toma nuestros dolores y sufrimientos y los convierte en corredentores, salvadores.

Cito nuevamente al Papa Juan Pablo II: “La fe en Cristo esclarece el enigma de la muerte: morimos porque tenemos que resucitar y vivir para siempre (…) Quien por la fe se abre a esta luz (CRISTO), encuentra consuelo en su sufrimiento y adquiere la capacidad de aliviar el sufrimiento de los demás”. Y hablando de los cuidados paliativos: “Requieren la intervención de un equipo de especialistas con competencia médica, sicológica y religiosa, muy unidos entre sí para sostener al enfermo en su fase crítica (…) Para brindar esta ayuda coordinada es preciso estimular la formación de especialistas en cuidados paliativos, y especialmente estructuras didácticas en las que puedan intervenir sicólogos y profesionales de la salud”.

De eso se trata, de ayudar a renovar la conciencia de la propia dignidad y la de los otros, la que cada uno posee como algo intrínseco, dignidad ontológica, que nos viene dada, que es. Ésa es la ética de la medicina paliativa, que optimiza los cuidados de los pacientes y sus familias, y que, si además está iluminada por la fe, sabe que la enfermedad y agonía es una ocasión de gracia divina para preparar el ENCUENTRO. Es un momento cumbre, emblemático, como lo llama Juan Pablo II, lo mismo que lo es el inicio de cada vida humana. Y por eso es el que más queremos, protegemos y defendemos, frente a la insidias diabólicas mentirosas y homicidas del aborto y la eutanasia. Porque cuando se está cerca de cerrar los ojos a este mundo y abrirlos a la eternidad, cuando se está cerca del nuevo y definitivo nacimiento, es cuando más hay que cuidar a los hermanos y hermanas.

Todo esto es el Hospice Madre Teresa y su gente. Cuidar a Cristo en los enfermos cancerosos y hacerse Cristo samaritano para cada uno de ellos. Jesucristo, el “Emmanuel”, “Dios con nosotros” en el amor concreto, el alivio y el acompañamiento.

María, salud de los enfermos, ruega por nosotros.

Dios los bendiga.

Hermano Antonio Ostojic.

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