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de La Iglesia y los Enfermos

Cada año, en el aniversario de la memoria de Nuestra Señora de Lourdes, que se celebra el 11 de febrero, la Iglesia propone la Jornada Mundial del Enfermo. Esta circunstancia, como quiso el beato Juan Pablo II, se convierte en una ocasión propicia para reflexionar sobre el misterio del sufrimiento y, sobre todo, para sensibilizar más a nuestras comunidades y a la sociedad civil con respecto a los hermanos y hermanas enfermos.

El ser humano, nacido para la felicidad, se ve afectado por dolores físicos, morales y espirituales. El sufrimiento es una realidad misteriosa y desconcertante que acompaña los pasos del hombre hacia su destino definitivo.

La fe cristiana nos hace entender que el sufrimiento queda divinizado en la Persona de Cristo. Dios hecho hombre acoge el sufrimiento humano y lo asume en un acto de entrega total. Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima y lo vuelve válido para la eternidad.

La Iglesia que, a ejemplo de Cristo, siempre ha sentido el deber del servicio de los enfermos y los que sufren como parte integrante de su misión es consciente que en la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es débil o enferma, vive hoy un momento fundamental de su misión evangelizadora.

La pastoral de la salud es un servicio de evangelización de todo el pueblo de Dios comprometido en promover, preservar, defender, cuidar y festejar la vida, haciendo presente la acción liberadora de Jesús en el mundo de la salud.

La Iglesia invita a todos los agentes sanitarios -médicos, farmacéuticos, enfermeros, capellanes, religiosos y religiosas, administradores y voluntarios-, a tomar consciencia  que han sido llamados por vocación y profesión a ser custodios y servidores de la vida humana, encarnando las virtudes de Jesús, el Buen Samaritano, que enseñó al hombre «a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre», desvelando hasta el fondo, bajo este doble aspecto, el sentido del sufrimiento. También subraya la misión de los mismos enfermos como agentes específicos de la pastoral sanitaria.

Cuando Dios visita a un hombre y permite que sufra, le entrega una señal clara que le ama especialmente y confía en él. Ciertamente el dolor es un mal, pero susceptible de uso saludable. Usar bien el dolor es saber convertirlo en un medio singular de purificación y de santificación, es decir, transformarlo en un camino de acercamiento a Dios. Los enfermos pueden asumir el dolor y convertirlo en fuente pascual para sí y para todos los hombres.

La Iglesia, como madre y servidora de los enfermos, contempla e invoca  con plena confianza a la Virgen María, Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos. Ella, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma singular en la obra del Salvador, y hoy, asunta en la gloria celestial, continúa intercediendo por sus hijos que sufren.

P. Abel H. Iglesias Cortina

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