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Me llamo Analía Duo, soy esposa de Pablo Snyder y mamá de Alan, Sol, Katia, Derek y Gracia. Hace tiempo que tenía la inquietud de ayudar al que está sufriendo una necesidad mayor, queriendo ser parte de la Iglesia de Cristo en acción.

Así que con esa inquietud pero también sabiendo que Dios tiene sus tiempos, empecé a buscar y estar atenta si aparecía alguna necesidad en la que pudiera colaborar. No sé cómo todavía, pero descubrí un lugar al que llaman Hospice, y aquí llegué. Creo que Dios tiene sus planes y mi objetivo es brindar amor a todo el que lo necesite. Ese amor genuino que Dios tiene para todos, ese amor que, a pesar de que no conozcamos a esas personas, Dios quiere compartirles a través de los que estamos colaborando allí.

Testimonio de Analía
Así que, otra vez me animé. Otra vez me fui a la aventura, la aventura de ir a un lugar desconocido, esta vez a varios kilómetros de mi casa, con gente totalmente ajena a mí, pero con la firme decisión de compartir lo que Dios quería que dé.

Paso a paso, día a día, sin tomar ninguna decisión apresurada fui primeramente a conocer el lugar, hablar con las personas encargadas y luego comencé yendo una mañana para ver cómo era estar allí y cómo me sentiría.

Volví muy contenta, un primer síntoma importante a tener en cuenta. Especialmente me sentí muy a gusto y con una libertad increíble y especialmente en paz.

Pude estar con Silvia, una mujer de unos sesenta años, desgarbada de lo flaca que estaba, casi sin poder moverse y con leves intentos por seguir respirando.

Era realmente loco, alguien totalmente desconocida, sin relación alguna, viviendo a más de cuarenta kilómetros de distancia, la primera vez que la veía, pero pude darle la mano y decirle: Dios está aqu”. Dios te ama y te da la mano a través mío. Pude leerle algún salmo y simplemente estar a su lado.

Sinceramente no sé cómo fue su vida, no sé su historia, pero hice lo que me tocó a mí. Sin juzgar, sin conocer pero compartiendo el amor puro que Dios está esperando dar a todo ser humano que lo pida.
En todo este tiempo entendí que el amor de Dios es difícil de entender porque está muy teñido y confundido con nuestro propio entendimiento, está teñido por nuestra percepción personal, nuestra historia, nuestro carácter. Pero el amor de Dios es puro, es amor inmerecido.

Por eso aunque no llegue a conocer qué resultado tuvo el estar con esa persona, aunque humanamente no llegue a saber si pasó algo especial, no me toca tampoco saberlo. Creo que pasan cosas en el Reino espiritual, creo que tengo que seguir orando por todas las personas que tengo cerca y por todas las situaciones que conozco y sólo confiar en que Dios actúe.

Me toca eso. Me toca amar, me toca renunciar, me toca morir, me toca salir de mi extrema comodidad y comenzar a dar.

En estos últimos años tuve la oportunidad de ver partir a varios seres queridos. Lo más cercano y más doloroso fue ver a mi hermana mayor, Mariel, con sólo cuarenta años de edad sufrir un cáncer metastásico que le permitió sólo aguantar tres años desde que se lo descubrieron. Dejar a cuatro pequeños hijos pero ver el consuelo sobrenatural de Dios.

Luego, vi partir a Diana, hermana de mi cuñado Heriberto Bueno, tía amada por mis hijos, vecina nuestra, mujer especial. Otra vez el cáncer la consumió. Pude verla partir, pude darla la mano y acompañarla en su traspaso a nuestra verdadera casa.

También una amiga muy cercana atravesó un duro tratamiento oncológico. Dios obró de una manera increíble, animándonos a muchos de los que estábamos con ella con su fe y su manera de agarrarse de Dios con todo.

Otro amigo muy joven, sólo 18 años, cáncer de testículo con metástasis. Está luchando muy duro.
Y podría seguir nombrando más personas que tenemos cerca que están atravesando enfermedades muy complicadas.

Creo que todo lo que fui viviendo me llevó para ese lado. Perdí el miedo a ver morir, me sentí cercana a ellos. Entendí que puedo ser yo la que esté en ese lugar, y me sentí parte.
Por eso me parece que debemos ir por donde el Señor nos muestre a cada uno. Viviendo con nuestros ojos abiertos y nuestros oídos prestos a escuchar. Caminar la vida atentos, estando alertas para cuando Dios nos muestre qué hacer. Orando para estar en sintonía con el Señor y no confundirnos con nuestra propia voz o nuestro propio deseo. Orar, siempre orar, antes de hacer, durante que hacemos y después también. Y si metemos la pata, que seguro la vamos a meter, pedir perdón y reanudar.

Así que este es mi pequeño resumen de cómo llegué al Hospice Madre Teresa y puedo decir que estoy aprendiendo más de lo que pensaba y que la Palabra se cumple: es mejor dar que recibir. Es un desafío para mí este año seguir abierta y expectante a seguir viviendo esta aventura, aprendiendo junto con todos los que están sirviendo allí.

Esta entrada tiene un comentario
  1. Muchas gracias Analía por tan profundo, sincero y trascendente testimonio. Gracias por acompañar a los huéspedes y por hacer oración con ellos.
    Que Dios te conceda la gracia de perseverar y seguir creciendo en el amor!

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