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Si bien conocía algunas de las personas que gestaron el Hospice Madre Teresa y también su propósito, a medida que el tiempo pasó, fueron creciendo mi admiración y mi deseo de aportar.

Llegué un día para colaborar con Cristian Viaggio en su intención de instalar una jornada de Adoración al Santísimo dentro de la Casa. Ese día, sin dudarlo, me puse a disposición del grupo de voluntarios y a partir de ahí, vivo un proceso de constante aprendizaje.

Todos tuvimos, tenemos o tendremos seres queridos en situaciones límites. Y esas experiencias son disparadoras para desarrollar nuestra sensibilidad y ponerla plenamente a disposición de ellos. Habitualmente cumplimos los planes de medicaciones y de estudios de diagnóstico necesarios y sin darnos cuenta desatendemos esos valiosos cuidados paliativos que dignifican.

¿Qué me gustaría recibir si me tocara esa situación? Compañía, caricias, mirada a los ojos, sonrisas, gestos de amor, perdón, aliento, tiempo, silencio y particularmente escucha. Es sorprendente observar lo que nuestros huéspedes, a través de su espíritu sabio, valoran esos gestos.

Debo ser honesto: lo que ofrezco es infinitamente inferior a lo que los huéspedes me regalan en cada jornada.

Llevar con alegría esta tarea solo se logra con una Fe cristiana que me enseña a aceptar el final de la vida como un proceso natural y como una antesala al encuentro con el Señor.

Agradezco a Dios en mis oraciones este privilegio de compartir con el grupo de enfermeras, profesionales y voluntarios esta tarea que llena de paz el alma de los más necesitados. Y agradezco a todos los huéspedes que conocí, por su apertura, por su confianza y por regalarme su espacio personal e íntimo para que pueda desempeñar una actividad que me hace feliz.

César Peláez, Voluntario del Hospice

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