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Dignidad ontológica y esencial, innegociableTengo la certeza que padecemos una crisis sin precedentes, personal, familiar, social. Es crisis de humanismo, de deshumanización. Una mezcla de amnesia de la conciencia y de pasividad resignada. Me parece que no es una exageración, sino una evidencia.

Urge la plegaria orante a Dios Padre para que nos abra nuevamente el corazón y reavive en nosotros el fuego del amor por cada persona y su vida. Y que se haga praxis, anuncio y testimonio, de modo que sea eficaz, creíble y fecunda.

La vida de cada ser humano forma parte de un mismo plan divino: es ÉL quien nos dona y nos reconoce en primer lugar esa dignidad, nos hace “parecidos” a Él. Urge reconocer su Rostro y Presencia en cada persona y en todas las personas, en cada vida humana y en todas las vidas humanas.

Si amamos como Jesucristo nos ama, nos hacemos expresiones vivientes y visibles de su bondad.

El amor que el Espíritu Santo infunde en nosotros, produce la transformación que realiza su Presencia a través de nuestras obras.  Es un amor auténtico, no se queda encerrado, va “más allá de las fronteras”. Dios quiere necesitar de nosotros.

Urge un camino de regeneración y reparación. Queda claro, Dios nos otorga esta dignidad única desde la concepción hasta la muerte, y más allá de la misma, ya que nos llama a la vida eterna.

Reparar es reconocer nuestros pecados contra la vida, “de pensamiento, palabra, obra u omisión”. Y reconocer que si acogemos la Misericordia infinita, Él nos sana, cura, redime, de nuestros pecados. Su misericordia es infinita, mucho más grande que nuestro pecado. No significa el “todo vale”, “todo da igual”, al contrario. Abrimos la puerta desde adentro, y la puerta es el arrepentimiento y la reparación.

“Somos salvados en esperanza”, nos dice al apóstol Pablo. “Seremos juzgados sobre el amor”, afirma San Juan de la Cruz. Todo un desafío a la vez dramático, fascinante y lleno de esperanza en el amor; amar y respetar toda vida humana, siempre, como vocación y llamada que hace Dios a todos.

María Virgen y Madre peregrina con nosotros y nos protege como a hijos queridos.

Atte. Hermano Antonio Ostojic

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