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Poner en palabras

Además de las muchas tareas que deben llevar adelante familiares y amigos que acompañan a los pacientes que se encuentran cursando una enfermedad crónica, progresiva e incurable, con el avance de la misma, y cuando desde el aspecto médico van disminuyendo las posibilidades terapéuticas, aparece la necesidad de escuchar al paciente y compartir con él los sentimientos que despierta la cercanía de la muerte.

Tanto los pacientes que están al tanto del diagnóstico y pronóstico de la enfermedad, como aquellos que “intuyen” cuál es su situación, pueden sentir la necesidad de expresar los pensamientos, emociones, deseos y temores que la muerte les genera. Al abrirse la comunicación al respecto, abrimos la posibilidad para que ellos puedan decidir sobre diversas cuestiones, tales como dónde desean pasar sus últimos días; como así también que puedan organizar asuntos personales, familiares y espirituales.

El hablar de estos temas suele dejarse de lado, solapando la dificultad que despiertan bajo la “racionalización” de que es prioridad resolver cuestiones médicas u ocuparse de cuidados físicos concretos. Del mismo modo, muchos consultantes prefieren evitar este tema a fin de “no poner mal” al paciente; cuando, sin embargo, son los pacientes los que dejan de lado su necesidad para no “exponer” a sus seres queridos a ese mal momento.

Dado que, como señalaba, es importante para los últimos contar con la contención familiar que les habilite poner en palabras sus emociones y sentimientos, es importante vencer la dificultad que se presenta para afrontar dicha tarea.

Considero que puede ser de utilidad reflexionar sobre dos grandes variables que atraviesan la misma. En primer lugar, podemos pensar que hablar de la muerte de nuestro ser querido nos remite a nuestra propia condición de mortales; situación que, de no estar preparados, puede despertar emociones que nos resulte difícil manejar. Por otro lado, en la sociedad en la cual vivimos, al decir de Philippe Aries1, la muerte parece estar “interdicta”; es innombrable; se ha prohibido para preservar la felicidad. No obstante, debe advertirse que esto no ha sido así a lo largo de los siglos, siendo que en otros momentos la muerte estaba incluida en la escena familiar.

Por lo expuesto, tenemos ante nosotros la posibilidad de que, repensando y recuperando prácticas antiguas, permitamos a quienes están cercanos a la muerte expresar lo que sienten, y compartamos con ellos ese momento, como modo de ayudarlos a morir; acompañándolos en ese instante que es tan propio de la vida como el nacimiento mismo.

Lic. Manuela S. Badano
Psicóloga

1Philippe Aries: Morir en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora.

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